Tenía unas manos preciosas.
—Tengo la sensación de que eres virgen —me dijo.
—¿Cómo lo supiste?
—Porque cuando estábamos en tu pieza me tocaste el trasero mientras nos besabamos. Creo que querías pasar por experto para que me intimidara y me quisiera ir.
Me dejó perplejo. Tenía razón. Y dijo todo eso mientras agitaba sus manos elegantemente para describir la situación.
—¿Y por qué seguiste el juego? Podrías haberme intimidado —le comenté si saber que esperar, quería ganar.
—No sé, ¿porqué me caes bien?
—¿Entonces porqué estás ahora conmigo?
—Insisto. Me caes bien —respondió mientras se encoguía de hombros.
Y perdí. Ya no tenía argumentos ni convencimientos. Quedé desprotegido así que sencillamente hice la pregunta.
—¿Y por qué tiramos? —la miré y levanté una ceja mientras dije eso como para darle dramatismo.
—Me pareció entretenido. Además era lo que quería hacer —la lanzó cuando yo estaba más vulnerable.
Pido permiso para poder confundirme. Así que mejor se lo dije.
—Estoy confundido.
—Jajaja. Tranquilo —dijo despreocupada. Se guardó las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—Eres bastante especial ,¿sabías?
—Probablemente sí. Nunca lo había racionalizado, pero creo que siempre lo supe.
Más encima humilde. Ahora, lo que me dijo después me terminó de rematar.
—Espera —dijo mientras sacaba sus manos del abrigo y empezaba a gesticular—. ¿Acaso te gusto? ¿Quieres tener algo conmigo?
—Eres bastante directa, pero imagino que eso también lo sabías.
—Mira, ahora no quiero tener nada con nadie. No es culpa tuya.
Creo que eso fue lo que dijo. Ya me tenía arrinconado, el corazón a mil. Tenía vergüenza. Me costaba controlarme porque quería salir corriendo y meterme en mi cama. Probablemente ampararme en la masturbación. Es más fácil que hablar con ella.
—Será, no seguiré insistiendo nada —dije resignado ¿Qué mas iba a decir?
—Espera. Dame tu mano.
Enloquecí. Estaba a su merced y ahora excitado. Tomé su mano y sentí la suavidad entremedio de sus dedos. La piel era un pequeño trozo del universo a merced de mis sentidos. Pude sentirla, los olores llegaron a mi y mis oídos se volvieron sordos por un instante.
—Mira… si igual podemos hacerlo —me habló con nuestras manos tomadas y una cara muy seria.
—No. Ahora sería por lástima —me tragué mis ganas.
—No. Si de verdad quería hacerlo.
—¿Entonces? No entiendo.
—Es que me gusta psicosearte.
—Ahora ya me siento mal.
—Ya, pos —dijo suplicante. ¡Era mujer también!
—Prefiero una cosa antes.
—¿Qué? —dijo, al parecer, coqueta.
—¿Puedo chuparte los dedos?